domingo, 7 de agosto de 2016

UNA CLAVE PARA MIRAR A LOS SACERDOTES

Voy a partir de una experiencia. Llegué a Kazajstán en 1998, via Moscú, y pude ver cómo miraban al sacerdote en una sociedad postcomunista, es decir, pasada por el ateísmo de estado. Unos meses antes había conocido a Johannes en Roma, un sacerdote de media edad, apuesto e inteligente. Pero cuando aterricé y le vi en Karaganda lucía una barba bastante espesa. Al preguntarle por qué, me dijo: "así las mujeres se enamoran menos". Efectivamente en una sociedad donde no existe el sentido de lo sagrado ni el hábito de la fe, un sacerdote no es ni más ni menos que un hombre más. Y soltero. Se le mira de la única forma en que se le puede mirar: humanamente.

Por otro lado, no sólo allí, sino en cualquier sociedad parece natural distinguir entre sacerdotes, como lo hacemos con las demás personas con las que tratamos, y hacer de modo inconsciente un determinado "ranking". Se nos puede clasificar por simpatía, cercanía, comunicación, amabilidad, formación, edad, disponibilidad, carácter... y es natural que congeniemos más con unos que con otros. En algo son más atractivos unos y en otras cosas otros.

Sin embargo el sentido y la función del sacerdote no reside en ninguna de esas cualidades o limitaciones humanas; comprendiéndolo se percibe también el modo de tratarle.

Esta es la clave: ¿os habéis fijado en que cuando nos preparamos para celebrar la Eucaristía, los sacerdotes nos vestimos todos igual?
Una serie de ropajes van cubriendo nuestro cuerpo: el alba, la estola, el cíngulo, y al final la casulla. Cada uno de ellos tiene su significado, pero en realidad nos ponemos todo eso encima para DESAPARECER, para no ser nosotros los que nos presentemos ante el pueblo, con nuestras mayores o menores cualidades,  sino para dirigir la atención hacia AQUEL a quien representamos: Jesucristo.

Y nos encanta que sea así, porque cuando escuchas la llamada de Dios en tu corazón sientes el impulso a identificarte con Él. Hay una cierta satisfacción al percibir que las personas miran "a través" de ti para verle a Él y le encuentran. Y también hay una cierta preocupación si percibes que se fijan en ti sin llegar a Él.

Después de haber dedicado años en el seminario para que tu alma se configure con la de Jesucristo, el deseo de todo buen sacerdote es convertirse en un PUENTE donde cualquier persona de cualquier edad, sexo y condición pueda caminar para encontrarse con Dios aunque sea pasando sobre él. Pero al mismo tiempo exige por parte del sacerdote una prudencia humana y divina para no convertirse en un MURO donde las almas se detengan sea por sus defectos sea por sus cualidades.

Como siempre nuestro modelo es Jesucristo, a Cristo le acusaron de bastantes cosas: de comilón, de borracho, le acusaron incluso de eunuco. Pero nadie pudo acusarle de trato ambiguo en relación con la mujer ¿Por qué? Porque su corazón estaba claramente orientado hacia el Padre, apasionado por su misión, decidido. Por supuesto irradiaba un amor cercano, cariñoso, paternal, pero actuaba siempre sin acepción de personas. Lo mismo podía acercársele a él un publicano corrupto, diríamos un político centro de algún escándalo, como un maestro de la ley (un teólogo), una prostituta, un leproso (impuro) o los niños que también le veían atractivo y simpático (inocentes). Pero el corazón de Jesucristo estaba lleno del amor al Padre: la voluntad del padre. No existe una unión más íntima y poderosa que la unión que hay entre la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y el Padre. Por ello nosotros, como sacerdotes, teniendo el corazón orientado totalmente a Dios, lleno de Él, apasionado por su misión, podemos y debemos permitirnos la cercanía, el cariño y la simpatía con todo el mundo, pero al mismo tiempo los fieles deben vernos como reflejos de Jesucristo, como puentes para llegar a Dios, y esto requerirá muchas veces prudencia y evitar cualquier equívoco. Por parte de los fieles en cambio, hemos de generar una mirada no sólo humana hacia el sacerdote; por supuesto deberíamos mostrar afecto, comprensión, apertura y promoción de todas las personas que entregan su vida Dios. Pero no podríamos quedarnos sólo en eso ni solo en el plano humano. El que es simpático y atractivo a sus 30 años lo será mucho menos a sus 90, pero probablemente tendrá mayor santidad de vida si ha sido fiel al amor de Dios. Podrá perder atracción humana con los años, pero sus palabras estarán más llenas de Dios, incluso aunque crezca en su sequedad o limitaciones naturales.

La forma de tratar al sacerdote depende por tanto de la forma de mirarle. Y mirarle de una u otra forma depende de una simple pregunta: ¿Buscamos a Cristo cuando nos acercamos a un sacerdote? Este sería el deseo de cada uno de nosotros, los sacerdotes, desde que entramos al seminario ¿Vemos en él sólo al hombre o al corazón entregado a Dios que nos quiere dirigir hacia Él? Todos los sacerdotes tenemos defectos, pero aspiramos a ser definidos por nuestras actitudes de alma. Ojalá pongamos las luces largas para ver siempre y ante todo la unción recibida en las manos y el don divino que nos capacita para consagrar y perdonar en nombre de Jesucristo, quien nos llamó a este ministerio, y a esa luz todo sacerdote se convierte en el puente capaz de acerarnos a Dios, sin distinciones, clasificaciones ni "rankings".

3 comentarios:

  1. Muchas gracias me fue de mucha ayuda, Dios lo siga bendiciendo.

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  2. El sacerdote es para mí lo más cercano a Cristo que tengo aquí en la tierra y con esos ojos lo veo por eso duelen más las incomprensiones o los desaires. Duelen!!

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  3. ¡VTR! Me parece P. Miguel que la descripción dada de un sacerdote es idónea. Una muy sutil pero correcta forma de enfocar el como debemos verle en cada momento, mucho más existiendo un grado de cercanía.
    El ver al sacerdote como lo que representa, especialmente al celebrar la Santa Misa es en definitiva la trnsformación del "hombre" a ser el mismo Jesucristo quien está presente en el Altar. Nosostras somos las primeras que debemos tratarle con el cariño que se merecen, pero a la vez también con el debido respeto que ello conlleva. Nuestra forma de vestir para una dirección espiritual, el debido recogimiento al asistir a la Santa Misa junto con una vestimente adecuada y decorosa, porque estás no delante de cualquiera, estás delante del Rey de Reyes en ese justo momento.
    Somos las primeras que debemos alejar las tentaciones que puedan dar lugar, sin dejar ser nosotras mismas, dando el mismo cariño y el amor que damos a nuestro Amor... a Jesús.

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