jueves, 11 de agosto de 2016

Obispos acusados, Cristina Cifuentes y LGTB

Releo el Teeteto de Platón, una obra sobre el conocimiento humano y pienso en los obispos acusados en Madrid. Su contenido, en versión actual, castiza y asequible puede iluminar los últimos comentarios del "Observatorio español contra la LGTBfobia" y de Cristina Cifuentes. Vamos a ello.

Supongamos que alguien, preocupado por los toreros, crea el denominado "Observatorio español contra la TOREROfobia". Supongamos que a continuación logra declarar ilegal la mera opinión de todos los antitaurinos. Esto supone que si expresan su opinión sobre los toreros están fuera de la ley. Absurdo. Pues esto mismo está sucediendo en Madrid con el caso de los obispos de Alcalá de Henares y de Getafe y las pretensiones del "observatorio español contra la LGTBfobia "

El hecho es que tres obispos católicos han explicado la doctrina católica a ciudadanos católicos. 
Algo parecido a que unos budistas expliquen el budismo a otros budistas. Esto se puede hacer prácticamente en cualquier parte del mundo, en Madrid no. Puede considerarse delito. 

Este hecho junto con la ley anteriormente mencionada, ha llevado al Observatorio español contra la LGTBfobia a acudir a la fiscalía especializada en delitos de odio, sintetizar la doctrina de los obispos en "homofobia" y "transfobia" y estudiar la posibilidad de una querella penal por "incitación al odio y discriminación". Y además señalan a los obispos como "incitadores de insumisión a la ley": Es decir, que han incurrido en delito por manifestar su opinión. 

Este colectivo ignora lo evidente: la doctrina de Jesucristo enseña que la dignidad de cada persona es incuestionable. Y esto enseñan los obispos. Para ellos y para todos los demás católicos cada persona vale toda la sangre de Cristo. Como la Iglesia, también la filosofía racional enseña el máximo respeto hacia cada persona... 

Pero, atención: hacia las personas, no hacia las ideas erróneas de las personas. Las ideas equivocadas no merecen ningún respeto, voy a poner un ejemplo: 

Supongamos que conozco a un médico. Lo respeto. Le trato bien. Pero este médico comienza a enseñar que el órgano de la visión es... ¡el riñón! El médico sigue mereciendo todo mi respeto, pero su opinión errónea no merece ningún respeto. Le escucharé, pero con ayuda de otros trataré de que abandone esa opinión tan equivocada. Para ello conversaremos e intercambiaremos opiniones y así veremos si el órgano de la visión es el riñón o el ojo. Llegaremos a la verdad.

Éste es el modo de proceder de seres racionales. Se escuchan las opiniones, se analizan, se confrontan con la realidad y finalmente se abandonan las erróneas para acercarse cada vez más a la verdad. Pero en ningún caso se prohíbe una opinión, ni se evita por decretazo que la manifiestes, máxime si está bien razonada (a no ser en la Comunidad de Madrid). Todos conocemos a otros que escuchando opiniones y razonamientos diferentes al suyo se han corregido y han mejorado su vida en muchos aspectos: niños en los colegios, políticos, empresarios con sus trabajadores, parejas... etc.

Y menos mal, porque el error es tan malo como el hambre o la sed, aunque lo elijas libremente. A veces es peor, puede condicionar tu vida entera y la de otros. La Iglesia piensa que sintonizar tu mente con la verdad, el bien y la belleza, te libera y te da bienes que te pierdes si te quedas en el error. 

Pero en Madrid, con la ley actualmente en vigor y aprobada por los principales partidos, se hace esto imposible en un caso tan delicado como la educación sexual de los hijos. 

Otro ejemplo: si vives en la comunidad de Madrid bajo esta ley no podrás decirle a tu hijo varón que no entre en el baño de niñas, si quiere. Ni tú, ni la Sra. Cifuentes a sus nietos, ni el director del colegio a sus alumnos. Podría ser delito. Quizás tu hijo se sienta niña y podrías estarle coaccionando. Podrás expresar tu opinión sobre Mein kampf de Hitler, pero como madre de familia no podrás expresar tu opinión sobre la familia; si piensas que se compone de hombre y mujer podrías ir contra la ley. Acabamos de estar en Auschwitz: actualmente allí puedes hablar libremente de lo que quieras. En Madrid, no.

Creo que hay un grave error de partida en todo esto. Este colectivo pro LGTB y con él los políticos de Madrid reclaman tolerancia. Es un mínimo, pero es muy poco. Es una meta pobrísima. Tolerar, tolerar… se toleran los males. A las personas se las ama, y por amor se busca el bien de la persona amada. Entre los bienes más importantes que podemos tener está la verdad, la justicia, el bien común. La aplicación de esto en una mente católica (o sea, universal) lleva a la promoción de una vida plena en todos los sentidos: físico, cultural, educativo, trascendental. Esta es la obra de la iglesia, impulsada por los obispos, en la cultura y en la sociedad. La iglesia promueve la vida plena de todas las personas  en todas sus dimensiones, desde la concepción hasta la eternidad. Promueve la comida para el hambriento, la enseñanza para el ignorante, el vestido para el desnudo, el amor para la pareja, la educación, la bondad, la verdad, la justicia para todos. Basta repasar las obras de la iglesia que estén en tu barrio para darse cuenta de lo que buscan y para qué se fundaron: todas promueven el bien de la persona y una vida más plena aquí y en la eternidad.

Así pues: máximo respeto a cada persona, pero ninguno a las ideas erróneas. Y para ello tenemos que expresarnos, todos, argumentar y razonar. El Teeteto es una buena lectura para este verano; especialmente en la Comunidad de Madrid.

domingo, 7 de agosto de 2016

UNA CLAVE PARA MIRAR A LOS SACERDOTES

Voy a partir de una experiencia. Llegué a Kazajstán en 1998, via Moscú, y pude ver cómo miraban al sacerdote en una sociedad postcomunista, es decir, pasada por el ateísmo de estado. Unos meses antes había conocido a Johannes en Roma, un sacerdote de media edad, apuesto e inteligente. Pero cuando aterricé y le vi en Karaganda lucía una barba bastante espesa. Al preguntarle por qué, me dijo: "así las mujeres se enamoran menos". Efectivamente en una sociedad donde no existe el sentido de lo sagrado ni el hábito de la fe, un sacerdote no es ni más ni menos que un hombre más. Y soltero. Se le mira de la única forma en que se le puede mirar: humanamente.

Por otro lado, no sólo allí, sino en cualquier sociedad parece natural distinguir entre sacerdotes, como lo hacemos con las demás personas con las que tratamos, y hacer de modo inconsciente un determinado "ranking". Se nos puede clasificar por simpatía, cercanía, comunicación, amabilidad, formación, edad, disponibilidad, carácter... y es natural que congeniemos más con unos que con otros. En algo son más atractivos unos y en otras cosas otros.

Sin embargo el sentido y la función del sacerdote no reside en ninguna de esas cualidades o limitaciones humanas; comprendiéndolo se percibe también el modo de tratarle.

Esta es la clave: ¿os habéis fijado en que cuando nos preparamos para celebrar la Eucaristía, los sacerdotes nos vestimos todos igual?
Una serie de ropajes van cubriendo nuestro cuerpo: el alba, la estola, el cíngulo, y al final la casulla. Cada uno de ellos tiene su significado, pero en realidad nos ponemos todo eso encima para DESAPARECER, para no ser nosotros los que nos presentemos ante el pueblo, con nuestras mayores o menores cualidades,  sino para dirigir la atención hacia AQUEL a quien representamos: Jesucristo.

Y nos encanta que sea así, porque cuando escuchas la llamada de Dios en tu corazón sientes el impulso a identificarte con Él. Hay una cierta satisfacción al percibir que las personas miran "a través" de ti para verle a Él y le encuentran. Y también hay una cierta preocupación si percibes que se fijan en ti sin llegar a Él.

Después de haber dedicado años en el seminario para que tu alma se configure con la de Jesucristo, el deseo de todo buen sacerdote es convertirse en un PUENTE donde cualquier persona de cualquier edad, sexo y condición pueda caminar para encontrarse con Dios aunque sea pasando sobre él. Pero al mismo tiempo exige por parte del sacerdote una prudencia humana y divina para no convertirse en un MURO donde las almas se detengan sea por sus defectos sea por sus cualidades.

Como siempre nuestro modelo es Jesucristo, a Cristo le acusaron de bastantes cosas: de comilón, de borracho, le acusaron incluso de eunuco. Pero nadie pudo acusarle de trato ambiguo en relación con la mujer ¿Por qué? Porque su corazón estaba claramente orientado hacia el Padre, apasionado por su misión, decidido. Por supuesto irradiaba un amor cercano, cariñoso, paternal, pero actuaba siempre sin acepción de personas. Lo mismo podía acercársele a él un publicano corrupto, diríamos un político centro de algún escándalo, como un maestro de la ley (un teólogo), una prostituta, un leproso (impuro) o los niños que también le veían atractivo y simpático (inocentes). Pero el corazón de Jesucristo estaba lleno del amor al Padre: la voluntad del padre. No existe una unión más íntima y poderosa que la unión que hay entre la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y el Padre. Por ello nosotros, como sacerdotes, teniendo el corazón orientado totalmente a Dios, lleno de Él, apasionado por su misión, podemos y debemos permitirnos la cercanía, el cariño y la simpatía con todo el mundo, pero al mismo tiempo los fieles deben vernos como reflejos de Jesucristo, como puentes para llegar a Dios, y esto requerirá muchas veces prudencia y evitar cualquier equívoco. Por parte de los fieles en cambio, hemos de generar una mirada no sólo humana hacia el sacerdote; por supuesto deberíamos mostrar afecto, comprensión, apertura y promoción de todas las personas que entregan su vida Dios. Pero no podríamos quedarnos sólo en eso ni solo en el plano humano. El que es simpático y atractivo a sus 30 años lo será mucho menos a sus 90, pero probablemente tendrá mayor santidad de vida si ha sido fiel al amor de Dios. Podrá perder atracción humana con los años, pero sus palabras estarán más llenas de Dios, incluso aunque crezca en su sequedad o limitaciones naturales.

La forma de tratar al sacerdote depende por tanto de la forma de mirarle. Y mirarle de una u otra forma depende de una simple pregunta: ¿Buscamos a Cristo cuando nos acercamos a un sacerdote? Este sería el deseo de cada uno de nosotros, los sacerdotes, desde que entramos al seminario ¿Vemos en él sólo al hombre o al corazón entregado a Dios que nos quiere dirigir hacia Él? Todos los sacerdotes tenemos defectos, pero aspiramos a ser definidos por nuestras actitudes de alma. Ojalá pongamos las luces largas para ver siempre y ante todo la unción recibida en las manos y el don divino que nos capacita para consagrar y perdonar en nombre de Jesucristo, quien nos llamó a este ministerio, y a esa luz todo sacerdote se convierte en el puente capaz de acerarnos a Dios, sin distinciones, clasificaciones ni "rankings".